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EL CANGREJO… Leyenda Guanacasteca digna de leer para todos ustedes.

Hace como 17 años, más o menos, andaba» en la quebrada de Campero, pescando con un amigo mío: Marcelino Díaz.

Mi papá nos había dicho que nunca metiéramos la mano en caletas donde uno no sepa qué animal puede haber.

Allá en la poza hondísima, Marcelino se puso a meter las manos por las cuevas, y al ratito tocó donde había pejes. – Tío, venga. Aquí hay pejales en esta caleta. Oiga cómo se oyen. A mí se me vino al recuerdo el consejo de mi padre y hay un dicho que dice:

el que sigue consejos, muere de viejo. Bueno, pero en la tanta necedad del hombre, yo metí también las manos.

La poza era hondísima, yo no le daba fin. Estoy yo acostado encima del agua, y metiendo las manos ahí en las caletas, cuando al poquito rato, iPláaaaaa!

Los dos dedos cogidos. Yo no sabía

si era culebra, cangrejo o un peje grande. – No se mueva. Si no se mueve, él lo va aflojando poco a poco, si él siente que uno no se mueve. Yo estaba así quedito, pero siento que el animal me aprieta más.- Es que usted se está moviendo.- No, hombre, si yo estoy quedito. Vea. iYa no lo aguanto más a este animal!

O me lo traigo o le dejo los dedos, de por sí ya me los trozó. Entonces vengo yo y jalo la mano con toda la fuerza. iFráaaaaaa! Ha visto usted que me le voy trayendo la mano a él. Con esa mano comimos tres días, yo con todo y mi familia,

que éramos seis miembros. – Si la mano era grandísima, ¿cómo será el cuerpo de ese animal?

A los días fui con el mismo Marcelino. – Vamos a buscar el cangrejo. Ya estamos y decimos a escarbar con una macana la caleta donde estaba, hasta que hallamos al animal. Tenía tres metros de circunferencia, lo que era el carapacho del cangrejo. Lo que a mí me tocó, yo calculo que fueron como 10 quintales. Yo hasta vendí manteca de ese cangrejo. Muy fino el aceite. Después nosotros arreglamos bien la concha. Ahí lavaba mi mamá, lavaban mis hermanas, en la misma concha lavaban cobijas y todo lo que querían, porque era grandísima. Después de todo, la travesura sirvió de provecho. Pero yo me acuerdo
todavía del consejo de papá: nunca metan la mano donde no sepan qué clase de animal hay allí.

(Edgar Cantón)

Diario Digital El Independiente.