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El niño que salvó a Guanacaste de la sequía. Otra leyenda de nuestro Diario para todos ustedes.

Las caricaturas para niños y la prensa escrita en general, junto a las películas de misterio abundantes a finales de octubre, le siguen el juego a la cultura importada del norte del continente y de los países nórdicos para imponernos el 31 del mes la celebración de la noche de HALLOWEEN.

Por eso nosotros como Guanacastecos no tenemos que celebrar tradiciones de otros países, porque nosotros tenemos mejores leyendas, que nuestros niños aprendan y no dejemos morir nuestra cultura.

Contaba don Indalecio, anciano nacido en Tilarán, que viviría la mejor parte de su vida en su querido Bejuco de Nandayure donde descansan sus restos, que en tiempos remotos hubo muchos meses que dejó de llover, y los animales enflaquecían, las cosechas se perdían, y empezó una terrible hambruna en Guanacaste, además de otras calamidades.

“Recuerdo que allá por 1928, cuando yo Indalecio tenía 8 años de edad, me adentré un día por el monte, esperanzado de cazar algún animalillo. Sin embargo la cosa estaba fea, pasaron las horas y no encontré nada, se fue poniendo oscuro, y me asusté mucho, pues no llevaba linterna y se escuchaba muy fuerte el ruido del agua que golpeaba las piedras de la quebrada…fue allí cuando me di cuenta que me había alejado más de lo que yo imaginaba.

Hasta ese momento recorrió por mi mente la sentencia de mis padres, recordándome siempre que aquel monte de noche estaba hechizado. De repente sentí acercarse como unos bultos y luego pude ver a lo lejos que eran brujas que brincaban, y que tenían la cara horriblemente pintada y trenzas como de crines de caballo. Me puse a sudar frío y las piernas me temblaban, me escondí en un hueco que hacían las raíces de un gran árbol, donde apenitas cabía, y pude escuchar como una letanía, en medio de un coro nocturno de voces que asemejaban los animales del bosque:

“Aquí en Guanacaste no llueve por un maleficio, si le rezan a la Virgen de la Yegüita se deshace el hechizo”.

“Aquí en Guanacaste no llueve por un maleficio, si le rezan a la Virgen de la Yegüita se deshace el hechizo”.

“Aquí en Guanacaste no llueve, por un maleficio, si le rezan a la Virgen de la Yegüita se deshace el hechizo”.

Tan pronto se marcharon las brujas salí del escondite y corrí despavorido hacia Bejuco para informar lo que había escuchado. No se quedó nadie sin venir a la casa grande, donde la Virgencita tenía su altar al final de la sala, y le rezamos con devoción, arrodillados, delante de la imagen de La Virgen de la Yegüita, y todos con una devoción bárbara, como nunca yo lo había sentido. Al rato se oscureció el cielo, se escucharon unos fuertes truenos que estremecieron los horcones de aquella casona de madera y milagrosamente calló un descomunal aguacero que hasta hizo desbordar los ríos por varios días.

Entonces yo, el niño Indalecio, me convertí en el más famoso y consentido del pueblo. Esto ocasionó que se enojara mi hermano mayor Celín, que era muy envidioso, y me dijo: “Indalecio me voy para el monte hechizado a ver qué dicen las brujas, tenés que enseñarme el hueco donde te escondiste, la otra vez”. Lo acompañé y le mostré el lugar, pero al comenzar de nuevo la temblorina de mis piernas me dije: “patitas, pa’ que las quiero” y me fui aventado, mientras Celín se escondía en aquel huequito, que para su tamaño resultó ser diminuto, hasta que calló la noche. Y las brujas como que se olvidaron de la hora de reunión, y tardaron y nada que venían, y con tan mala suerte que Celín se durmió y empezó a roncar estrepitosamente como siempre lo hacía.  Al llegar las brujas se desconcentraron con aquel ruido descomunal hasta dar con Celín y confundiéndolo conmigo le dieron una tremenda leñateada por soplón.

Al día siguiente Celín, asustado, lleno de moretones y con todo el cuerpo adolorido, sufría una tremenda calentura que le duró seis días, y por más caldo de gallina que mi mamá le daba, no podía ni hablar, pues el sonido de su voz no le salía. Al séptimo día, ya un poco mejorcito, Celín agarró sus cositas, las metió en su morral y salió muy temprano rumbo a Tilarán. Se fue a vivir con mi tío Saúl y nunca más regresó a Bejuco.

La inocencia, astucia y picardía de la niñez han sido temáticas dominantes en muchas leyendas tradicionales y en cuentos nacionales. Y nuestra leyenda del niño preocupado de la sequía de su pueblo nos hace caer en la cuenta que también las personas menores de edad pueden dar aportes fundamentales para la vida de sus comunidades. Cuando una niña o un niño son protagonistas activos de una narración o de una gesta comunitaria, comenzamos a superar ese tradicional adultocentrismo que por siglos invisibilizó los derechos de las personas menores edad, desvalorizando injustamente su original aporte a la sociedad.

(Prof. Ronal Vargas y Edgar Cantón)