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El saco y el toro, una leyenda orgullosamente Guanacasteca

 

En cierta ocasión estaba Santa Cruz de fiestas.  Yo había sembrado unos frijoles y había cogido una buena cosecha.

-¡Juanita! –le dijo yo a mi compañera.  ¿Qué dice usted, vendo los

frijoles  para  tener  plata  para  las  fiestas?  La verdad es que los

chinos se aprovechan y pagan  barato, después hay que comprar

los frijoles hasta más caros.  ¿Qué dice usted?

-¡No vaya Julián!, ¡no venda los frijoles!

Bueno ya yo estaba decidido a no vender los frijoles y no ir a las fiestas.  Pero el 14 de enero, es el día que comienzan las Fiestas Patronales y es la entrada del Esquipulas al centro de la ciudad.

Yo andaba cerca del mediodía en Santa Cruz haciendo unas compritas.  Las calles estaban adornadas esperando la entrada del Santo.  Pero a mí no se me daba nada, porque ya estaba puesto que no iba.

Al ser las doce en punto empezaron a romper las bombetas.  Frente a la iglesia reventaron doce bombetas, termina la iglesia y sigue la municipalidad con doce bombetas de doce truenos y después sigue la Comisión de fiestas con otras doce.

Si a mí algo me pone enfermo es oír las bombetas.  Me pongo pero alegre.  Me pongo a rascar en una uña.

-¡Carajo!, ¡ya estoy alborotado! Total, que somos de la muerte, ya no me aguanto esta insolencia, voy a vender los frijoles y me vengo para las fiestas.

Ya me fui donde el chino Manuel Lee.

-Hombré!  ¿Comprás frijoles?

-Lo que tenel yo complal.  Todo flijol que tenel, yo compla!

-¿Me podés comprar unos dieciséis quintales?

-Cómo no, todo lo que tenel.  ¿De qué colol?

-Frijoles colorados, hombré.

-Trael y yo complal.

-¿A cómo los pagás?

                -A dieciséis colones el quintal.

Le dije que me buscara los sacos, el cáñamo y la aguja para coserlos.  Se fue el chino y se metió a la bodega, pero no encontró sacos.  Entonces me trajo una saca grandísima, era como un toldo de grande.  Ahí le cabían como cien quintales.

Bueno, ya la doblé y me la eché al hombro.

Cuando yo iba por un barrio que llaman el Tusero, venía un toro grandísimo de la Hacienda de Marcial Arrieta.  El toro se había salido del corral y había cogido calle arriba.

Yo no me preocupé.  Yo andaba la saca en el hombro.  El toro se vino trotando atrás de mí.  Yo no me confíe y no le quité la vista.  Pero el toro seguro ya había sido jugado y ya sabía lo que era vaqueta.  Como me vio con la saca en el hombro el toro dijo: esta es vaqueta.
Pero cuando me pegó la embestida, la saca se abrió y el toro, de la fuerza que llevaba, quedó adentro de la saca.                Entonces se me viene encima a hacerme el tiro.  Como yo vi que el toro venía, me apié la saca del hombro y me la puse de vaqueta.  El me pegó la embestida y yo como torero le saqué una suerte.

Y dice ese toro a hacer fuerza, queriendo salirse de la saca.  Yo sentía que me iba a despegar el brazo, entonces me apuntalé en un tronco esquinero pero no lo solté.

Como el rabo se le salía un poquito afuera de la saca, le retorcí el rabo con todo el pico a la saca y me lo eché al hombro.

Ahí cerca vivía un señor que se llamaba Tito Guevara, él compraba ganado.  Ya llegué donde él.

-¡Hombré Tito, aquí te traigo una encomienda.

-¿Qué me traes ahí?

-Hermano te traigo un torón, vení a verlo.

-Hombre qué toro más hermoso.  ¿Cuánto pedís por él?

-Mirá este es un toro de veinte mil pesos, pero para que no corramos muy largo, dame dieciséis mil colones y es tuyo.

-Dejámelo.

Ya vino y me dió dieciséis mil colones.  Bueno yo gocé las fiestas, compré mudadas para mí, para la señora y para los güilas y no tuve necesidad de vender los frijoles.

(Edgar Cantón)

Diario Digital El Independiente.