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La Segua, leyenda guanacasteca para nuestros amigos lectores.

cegua

La segua

Los humildes campesinos creen que hay una mujer muy hermosa llamada La segua, que aparece en las tinieblas de la noche en lugares solitarios. Le tienen miedo y hablan de ella porque no es una mujer común. Incluso si alguien la encuentra a altas horas de la noche puede ocasionarle la muerte.

Hay una historia de un joven llamado Felipe que se encontró con esta terrible dama. Felipe vivía con su mamá en una pequeña hacienda ganadera . Cuando recogían la cosecha Felipe y su mamá, la pasaban contentos y muy atareados

Pero había otras épocas en que Felipe estaba ocioso y se la pasaba bebiendo guaro hasta altas horas de la noche con un grupo de jóvenes que daban problemas.

Su mamá se preocupaba y le hacia ver a su hijo que de un momento a otro se encontraría con la segua, porque se decía que este monstruo tenía como costumbre, castigar a aquellos que estaban afuera muy tarde y bebiendo demasiado. Pero Felipe solo se reía de los temores de su mamá y decía: – Mi mama yo no creo en la Cegua, eso es mentira, y si en verdad existe, no le tengo miedo.

Una noche de verano bajo una luna llena Felipe se preparaba para ir al pueblo, su mamá que era muy buena le dijo de nuevo sobre el peligro. Felipe se volvió a reír de los temores de su mamá y ella dijo:- Pero Felipe hoy el señor Mendoza me comentó que al malvado Jacinto Rojas lo encontraron muerto, en un camino con los ojos como de búho, como si hubiera muerto de terror.

Dice la gente que lo más probable es que vio a la segua y que con solo verla lo mató. Ah pero Felipe se volvió a reír, y le dijo: «Seguramente Jacinto Rojas tomó tanto que se cayó de la yegua, y se mató, en vez de la cegua». Para que se preocupa, yo no tomo tanto y estaré sano y salvo como siempre, tarde de la noche.

Felipe, como siempre, pasó su acostumbrada moche tomando con sus amigos.

Era ya muy tarde cuando se montó en su caballo y partió de regreso a su casa, bajo la luz de la luna. Todo parecía estar tranquilo, solo se escuchaba el golpeteo de los cascos del caballo.

De un momento a otro, los ojos de sueño de Felipe vieron algo blanco moviéndose poco a poco delante de él. Era una mujer que andaba como si estuviera muy cansada. Felipe detuvo la marcha del caballo, se quedó estupefacto al ver la mujer más hermosa que había visto en su vida. Tenía un rostro ovalado de largos cabellos oscuros, grandes ojos negros y labios como sangre.

Él la contempló suspirando por su belleza y le preguntó que adonde iba y si la podía ayudar.

La bella mujer le dijo que iba a lo alto de la montaña a auxiliar a su tía que estaba enferma. Dijo que caminaba desde hacía horas y le agradecería que le llevara montada detrás de él en el caballo.

Felipe accedió y la llevó por el camino. No resistía las ganas de ver a la mujer que llevaba a su lado, y de un pronto a otro se volvió para ver la hermosura de dicha mujer con sus ojos brillantes. Pero al voltear Felipe se llevó un tremendo impacto. Que lo golpeó cuando en vez de ver a la hermosa mujer observó la más espantosa visión que había visto jamás.

La con vistas a sus espaldas no era de una hermosa dama, sino que parecía la cabeza de un caballo, cuyos ojos penetraban y daban un color rojo como fuego, su boca era un hocico que mostraba enormes dientes desquebrajados. Él trató de escaparse pero lo abrazaba con las patas huesudas a su cintura. El caballo sentía la carga que llevaba, pues comenzó a correr como un salvaje sin poderse contener. Felipe se afianzaba en las riendas y trataba de mantenerse en su caballo enloquecido, hacía como librarse del abrazo del; monstruo.

Después el monstruo le dijo: como realmente no eres malvado y me has ayudado en vez de dañarme, no morirás. Pero que esto sea una advertencia a todos los jóvenes alocados, que toman demasiado y llegan a su casa tarde.

El dantesco animal lo soltó y despareció en la espesura de la noche. Felipe, aterrado y tembloroso, se fue a toda prisa su casa prometiendo que cambiaría. La próxima vez quizás no escaparía con vida al encuentro con la segua.

Diario Digital El Independiente. Edgar Cantón