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La princesa de Nosara. Para nuestros amigos de Nicoya y Hojancha.

-Las leyendas son relatos o acontecimientos que les sucedieron a nuestros antepasados y han llegado hasta nuestros días de generación en generación.

La bellísima Nosara fue una princesa indígena Chorotega, hija del cacique Chorotega, que vivió en Nicoya en tiempos de la conquista. Este cacique se había propuesto que la primera de las tres grandes fiestas anuales que los chorotegas celebraban en honras y gracias al Sol, excediera en solemnidad y pompa a todas las que se habían celebrado hasta la fecha, por lo que envió mensajeros a invitar a otros caciques que estaban bajo su dominio, entre ellos Canjel, Curú y Zapandí. Cuando se llegó el día de aquella celebración agostina llegaron invitados de todas partes de la Península de Nicoya.

Los indios de la isla de Chira, en aquellos momentos rivales del cacique Nicoya, decidieron aprovechar la gran fiesta para atacar a sus enemigos y apoderarse de los objetos valiosos que había en el pueblo. En muchas piraguas al mando de Nacaome, guerrero diestro y valeroso de Chira, muchos guerreros desembarcaron en la costa y caminaron hasta el pueblo de Nicoya, para atacar sorpresivamente al amanecer del día veinte de agosto de aquel año.

Los Chorotegas habían pasado la noche bailando y bebiendo chicha, olvidándose de sus enemigos. Nosara entonces compartía su enamoramiento con el joven Curime, perteneciente a la tribu del cacique Curú. Como a las tres de la madrugada los gritos de guerra y el silbido de las flechas rompieron el ambiente festivo. Los nicoyanos se vieron derrotados sin poder oponer mayor resistencia, presentando su defensa desordenadamente. Las mujeres huyeron a los bosques. Nosara, que era una mujer muy inteligente, entre tanta confusión adivinó el plan de los chireños y levantando a su amante le dijo: amor mío, vamos a la casa de mi padre, salvemos el tesoro. Llegaron al palenque y encontraron al cacique Nicoya durmiendo profundamente. Nosara tomó la tinaja donde se guardaban las águilas, jades, abejones y collares, todos de oro puro; y con un arco y pocas flechas se alejó con su amado Curime hacia las montañas de las serranías de Nicoya.

Entrando Nacaome al palenque del cacique Nicoya lo encontró dormido, hizo un registro minucioso pero no halló el ansiado tesoro. Desesperado tomó prisioneros a todos los miembros de la familia del cacique, amenazando con matarlos si no le indicaban su escondite. Una india anciana le dijo que Nosara se lo había llevado, huyendo con Curime. Entonces Nacaome mandó a sus mejores guerreros a perseguir a Nosara, indicándoles que la trajeran a su presencia, viva o muerta.

Nosara y su amante, cansados de correr, ya al caer la tarde se sentaron en un tronco de ojoche. Los chireños seguían de cerca sus pisadas. Los amantes reiniciaron su caminar durante la noche, llegando al amanecer a orillas de un majestuoso río. ¿Qué haremos con este tesoro?, preguntó Curime a Nosara. Vamos a enterrarlo, contestó Nosara, puede ser que los chireños nos capturen y nos maten, pero no se apoderarán de las riquezas de Nicoya.

Sin pensarlo mucho, Nosara se internó en las boscosas serranías que bordeaban el río y enterró el tesoro, mientras Curime vigilaba a lo lejos. Al regresar les cayeron inmediatamente los guerreros de Chira. Nosara quiso huir pero fue mortalmente herida por una flecha, corriendo Curime igual suerte. Los vencedores comenzaron a buscar el tesoro en los alrededores y playones del río, pero no lo encontraron y se tuvieron que regresar con los cuerpos ya sin vida de los amantes. Cuentan que en noches silenciosas se escuchan ruidos y quejidos extraños en las montañas cercanas al río Nosara, bautizado así en honor a esta valiente princesa: son los espíritus guardianes del tesoro nicoyano escondido por Nosara y oculto hasta nuestros días.

Aún las comunidades más antiguas, organizadas y fuertes pueden descuidarse en algún momento por cuestiones banales y pueden sucumbir ante tantos enemigos externos que esperan un descuido no sólo para apoderarse de sus tesoros más valiosos (sus tierras, su agua, sus montañas, sus ríos, sus paisajes, la inocencia de sus jóvenes…) sino también para dividirlos y vencerlos. Debemos estar siempre atentos y despiertos para no sucumbir, haciendo lo imposible por proteger los tesoros más grandes de la comunidad, sabiendo que sólo la defensa de nuestro patrimonio, valores y tradiciones, nos ayudará a pelear con gallardía hasta el final.

(Prof. Ronal Vargas y Edgar Cantón)