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Mitos y leyendas que rescata nuestros medio para que no se olvide nuestras tradiciones.

Versión de: Josefa Alvarado Chavarría.

Los antiguos habitantes de Cañas Dulces, denominado así por la abundancia de cañas muy dulces, observaban todo lo que la naturaleza les presentaba a la vista. Es así como al calor de la unión familiar y la de amigos, crearon sus propias leyendas.
En aquellas épocas, los ancestros imaginaban cómo era el sitio y vecindades de la sección de la Sierra Volcánica de Guanacaste. Ellos llamaban a ese sitio “Cerro La Vieja”, conocido actualmente como “Volcán Rincón de la Vieja”. Decían que en lo más elevado del volcán, vivía una mujer muy
bonita que, en todo momento del día, le agradaba estar muy bien presentada por lo que de sus orejas colgaban preciosos aretes confeccionados con el oro más fino de las entrañas de la tierra de esos alrededores.
Esta señora adornaba su cuello con collares de cuentas y perlas preciosas que antes eran fáciles de encontrar y sacarlo de las huacas o entierros de los indios que allí vivieron. Además, acostumbraba pintarse o maquillarse con bellos y finos coloretes de un barro especial de la zona, capaz de quitar las arrugas de la piel. Igualmente, peinaba su pelo negro y lacio con dos largas trenzas.
En las tardes, esta hermosa mujer acostumbraba sentarse en los amplios corredores de su casa parecida a un palacio con un puro en su boca, fabricado con hojas grandes de tabaco que ella misma sembraba. Narraban que, desde el centro de Cañas Dulces, se veían las grandes cantidades de humo que, por algunos momentos, era tan hediondo que perturbaba la respiración.
Esta mujer era muy celosa de sus propiedades, ya que contaban, los que habían ido por esos lugares, que muy cerca de las faldas de “La Vieja” hay árboles de jícaros, aguacates, mangos, marañones, entre otros; cuyos frutos son de gran tamaño. Si alguien llevaba robado, aunque sea un
jícaro, quedaba embrujado y, por más que intentara salir del lugar, no podía porque no encontraba la salida. No importaba las vueltas que se diera, puesto que no había forma de librarse del encanto y, en cada vuelta, se encontraba con el árbol de donde robó el fruto. Esto no termina, sino devuelve lo robado.
Por ese hecho, los lugareños no se volvieron a arriesgar en visitar a tan atractiva señora y respetaban todo aquel sitio como propiedad de la vieja. Debido a ello, al señalar ese lugar, siempre se referían como El Rincón de la Vieja.
Versión de: Josefa Alvarado Chavarría

Diario Digital El Independiente,Edgar Canton.