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Reunion de ilustres Guanacastecos que vivirán en la memoria de muchas personas

Foto de Ronny Pizarro Mendez.

Sobre esos árboles, que sembró en el Instituto de Guanacaste, me recuerda a don Sacramento Villegas, don Mento, a quien recuerdo con mucho cariño como mi Maestro en Filadelfia, y sus obras que perduran así haya muerto. Con ocasión de sus funerales escribí el discurso que pronunció el Presidente Municipal don Eliécer Méndez, del que hago este resumen:
«EL CONCEJO MUNICIPAL DE LIBERIA, publica hoy en el periódico La Nación, una conceptuosa esquela que traduce en palabras el sentimiento de dolor de hoy, y de siempre, que textualmente dice esa esquela:

“CONCEJO MUNICIPAL DE LIBERIA

Guanacaste y los guanacastecos, estamos de duelo. Ha partido un excelente maestro, el sublime compositor, un buen padre de familia, cantor de nuestro Río Tempisque, praderas y montañas; en escuelas, colegios, universidades dejó su huella indeleble; el virtuoso que arrancó del amado terruño, notas musicales convertidas en canto al Alma Nacional.

Sí, ha partido físicamente el Maestro, pero su obra, y su ejemplo, vivirán eternamente en el corazón de sus alumnos y de su pueblo, porque los genios no mueren.

EL PROF. DON SACRAMENTO VILLEGAS VILLEGAS

HIJO ILUSTRE DE LA PROVINCIA DE GUANACASTE
HA MUERTO”

Es cierto, está de duelo toda la provincia de Guanacaste y todos los guanacastecos, porque con su obra le cantamos al río, a la pradera, a la montaña, a nuestras playas y a nuestras costumbres, el más rico tesoro de esta heroica provincia.

Si Guanacaste tuviese un panteón para ciudadanos egregios, allí debería estar por derecho propio el Maestro don Sacramento Villegas Villegas, porque con su deceso perdió la Pampa el hablar pausado de un maestro, su voz grata, amiga y solidaria del artista… perdió un paradigma.

Pero el más alto homenaje no es el Panteón, sino la memoria que, cuando inspira, conduce a la imitación o encarnación del modelo admirado. Sí, Maestro, porque entendió el sentido estricto del vocablo, que es quien tiene seguidores, tiene discípulos como los que aquí estamos congregados y seguimos su huella inspiradora, señera y luminosa.

Sí, sublime compositor porque le cantó al amor, le cantó al Tempisque… que con sus versos y su música hizo suyo el Río; le cantó al paisaje y lo hizo más hermoso, y le cantó a su amado y apacible Filadelfia, a la que corazón de niño en sus versos y tonadas rememoraba su escuelita, sus calles polvorientas y sus juegos infantiles.

Su vida la supo completar. Porque no sólo fue un gran Maestro. Fue un buen padre de familia, porque con el modesto sueldo de maestro, educó a todos sus hijos e hizo de ellos distinguidos artistas, abogados, educadores, farmacéuticos y odontólogos que le dan prestigio a la provincia y a la República.

Con su arte alegró el amor, alegró el espíritu, preñó de recuerdos al niño, al joven y al adulto; su amistad fue refrescante y su actitud fue bondadosa, generosa y solidaria y comprendió siempre que…

Morir es habitar en Jesús,
es sentir una dicha sin fin,
es beber una fuente de amor,
es llegar al regazo de Dios
y empezar sin dolor a vivir.

Hoy, el Dios Supremo se lo ha llevado,
y lo imaginamos con la misma dignidad
formando parte de los escogidos,
porque sufrió, amó y sirvió a sus semejantes.

Pero, fundamentalmente, fue humilde y prudente, cualidades que le engrandecían. Era tan edificante su humildad que un buen día camino a nuestra ciudad natal, Filadelfia, que tanto amamos le leí unos versos que hoy quiero leerlos para perpetuar su memoria, su gesto, al artista y al amigo… dicen así:

CUANDO YO HAYA MUERTO

Cuando yo haya muerto,
no me lloren a gritos,
ni se vistan de negro;
no me alumbren con cirios
ni sometan a fúnebres honras
mi frígido cuerpo;
ni tampoco me exculpan en mármol
epitafios que yo no merezco

Quiero solo una lágrima,
que nacida en el pecho,
humedezca los ojos
de un amigo sincero;
y que brote un suspiro
más liviano que el céfiro,
de los labios de alguno
que se duela en secreto.

Y después…
un pedazo de tierra,
una cruz y,
por Dios… un recuerdo

Gracias…”

Después de la lectura de este discurso , el mismo don Eliércer Méndez Villarreal, en su condición de presidente del Concejo Municipal y ex discípulo de don Mento, se dirigió al Director de la Banda Nacional de Liberia para junto con los músicos dela misma, discípulos también de don Mento, lo acompañaran para cantar la dulce y encantadora melodía del Maestro, HIDALGUÍA. Fue un acto emotivo que aplaudió frenéticamente la abundante concurrencia de niños, jóvenes y adultos, minutos después, sus ex alumnos de escuelas, colegios, universidades y amigos fuimos a enterrar sus restos al Cementerio de Liberia, con la compañía de la Banda Nacional de Liberia y otros conjuntos musicales de la Provincia.

Lic: Ronny Pizarro